25/2/15

La función moderadora de la monarquía (2009)

A la tradicional división del poder, en los poderes legislativo, judicial y ejecutivo, debería añadírsele un cuarto poder, me refiero al poder real que detente el jefe del Estado.

La tradicional división de poderes proviene de John Locke y de la Constitución inglesa, luego transplantada al continente por Montesquieu y seguido por constitucionalistas como Constant. En América del Norte, este modelo dará lugar a su famoso sistema constitucional de controles y contrapesos ("checks and balances").


El sistema sería corregido en Francia por un hombre que viviría la tumultuosa época de la revolución y de la contrarrevolución, así como del imperio napoleónico. Me refiero al que ya he citado antes, Benjamin Constant. La obsesión de Constant es una, ofrecer al gobierno un producto intelectual que garantice las libertades, es decir, una Constitución, y trabajar, en ese sentido, con aquel gobierno que garantice esa consecución.


Pero, las crisis gubernamentales y los cambios de partido y orientación política en el poder le persuaden que un gobierno estable es aquel cuya jefatura la detenta un rey. De ahí que corrija la tradicional división de poderes y añada uno más, el poder "real", separado del resto de los poderes. En realidad esta división de poderes la eleva a cinco, puesto que dividiría el poder legislativo en dos cámaras, siguiendo el ejemplo de los ingleses.


La separación del poder real o de la jefatura del Estado tiene para Constant un enorme valor, porque lo aleja de la querella política y de las variaciones en el favor de los gobiernos ante la opinión pública y de los votantes y, por otro lado, hace decaer esta responsabilidad de la jefatura en una monarquía hereditaria, que sin ser constitucional sería absoluta y que siendo constitucional acepta los límites de su propia función al frente del Estado, y las libertades de los demás individuos y la constitución de los demás poderes del Estado.


Con la argumentación de Constant, se da un claro valor democrático y constitucional a la necesidad de las monarquías en el Estado moderno. Por otro lado, irónicamente la evolución posterior de Francia da y quita la razón a Constant. Le quita la razón porque finalmente Francia consigue sobrevivir como estado y nación sin la necesidad de una monarquía establecida, que inevitablemente sucumbió al fragor del debate político en tres sucesivas monarquías, la napoleónica, la borbónica restaurada y la orleanista. Le da la razón porque en Francia el jefe del Estado ha tenido que estar virtualmente separado de la acción del gobierno como un cargo aparte aunque presidiéndolo, de manera que los avances en el proceso revolucionario francés se han conservado mejor en una República que en una Monarquía -sin embargo, el principio monárquico prevalece en la figura del jefe del Estado.

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Citius, Altius, Fortius